Sin pies ni cabeza.
A lo sumo lava el residuo que hay en el pocillo. Camina por el corredor hasta chocar contra la mañana que inunda la sala en rayos de aparente calma. Abre cualquier libro en cualquier página e intenta que las letras no se desdibujen, que no se desparezcan, que no se esfumen.
Lleva algunos meses con una piquiña insaciable y en las noches sube a la terraza a respirar el humo de aquellos días, mientras, los halos de las luces del centro titilan irregularmente.Después de un par de ciudades en el cenicero, se toma la cabeza con las dos manos mientras susurra preguntas retóricas que se ahogan en las tejas de las casas vecinas. Recuerda un par de versos de una canción ya empolvada, se ubica cardinalmente y luego llega al plácido infierno de su cama.
A paso ligero mira hacia arriba cuando pasa por el andén del edificio de la sexta con diecinueve, en los cristales paralelos a su propia marcha alcanza a distinguirse, tímido, exageradamente tímido.
Desprevenidamente mancha las fotocopias con café, con helado, con te verde; desprevenidamente tiende la cama por las mañanas, dobla la colcha, y plancha con la mano la almohada mientras busca el calor de un aliento que no estuvo allí.
Hay algunos acordes que lo desgarran, le permiten encontrarse de nuevo con sus historias, también, pinceladas de viento que entran por la ventana le marcan la piel. Y descubre que su piel es un mapa sin coordenadas, y que sus manos son islas sin mares, y que los mares no son siete, que los vientos no son cuatro y que lleva dos días sin dormir.
Escribo sobre él en tercera persona ya que él me lo autorizó, me lo autorizó la última vez que nos vimos, cuando al doblar la esquina, él iba ensimismado en tu figura y yo iba pendiente de su rutina.
